Una salida al horror de la violencia intrafamiliar

«La búsqueda de ayuda y la denuncia de los hechos de violencia son el primer paso para erradicar la impunidad de la violencia contra las mujeres, por ello el trato recibido en las instituciones es clave»: ONU Mujeres

En el mundo, una de cada tres mujeres sufre violencia física o sexual, principalmente a manos de un compañero sentimental. De hecho, se estima que el 35 por ciento de la población mundial de mujeres ha sufrido violencia física o sexual por parte de su compañero sentimental o de alguien distinto. Esta conducta, para cuya erradicación se ha luchado por muchos años, no distingue condición social ni económica, la problemática está latente en países desarrollados y subdesarrollados, y ha cobrado la vida de muchas personas. Querétaro no está exento; en la entidad, 42 de cada 100 mujeres casadas o en unión con su pareja han sufrido, en algún momento de sus vidas, de un hecho de violencia.

Datos oficiales apuntan que la violencia emocional es mucho más común que la física, sin embargo desde hace algunos años en la entidad se cuenta con un refugio para la atención de mujeres víctimas de violencia extrema donde, tan solo en 2016, se brindó atención a 150 mujeres, niñas y niños. A este lugar no llega quien fue abofeteada o humillada, aquí han ingresado mujeres que, por distintas razones, su vida ha estado en riesgo.

Antes de continuar es importante mencionar que, por cuestiones de seguridad, la ubicación y el nombre del refugio, así como el de las mujeres que brindaron su testimonio, serán resguardados.

Ana y María sufrieron violencia intrafamiliar por más de 10 años. A una de ellas su esposo la agredía físicamente, a la otra emocionalmente a través de los golpes que recibían sus hijos. Estas dos historias se suman a las de 11 millones 18 mil 415 mujeres del país que sufrieron algún episodio de maltrato o agresión, un 27.3 por ciento de parte de su pareja sentimental.

Ana fue violentada por casi 20 años: ‘Tuve que cargar una cruz’

Ana, madre de tres mujeres, fue víctima de violencia física extrema por casi 20 años. Ella y su hija mayor eran amarradas con cadenas al interior de su vivienda, agredidas por su esposo y padre. Ana aún tiene cicatrices de quemaduras y suturas en la cabeza donde recibió golpes con una pistola y un molcajete. Su vida, desde que se casó, se transformó en un infierno y, por las ideas que le inculcaron de pequeña, tuvo que ‘cargar con esa cruz’.

«Viví una violencia muy extrema […] cerca de 18 años viviendo esta violencia. Yo no lo dejaba porque estaba enamorada y desde niñas nos inculcaron que cuando nos casáramos teníamos que aguantar lo que nos dijera, y que era una cruz que teníamos que cargar y la teníamos que resistir», cuenta.

Para Ana existe un problema muy claro: a veces el amor ciega a las mujeres y eso impide reconocer la violencia, entonces ciertas actitudes, como los celos, con vistos como algo normal en el matrimonio. ‘¡Perra, maldita!’ son palabras que Ana escuchaba con regularidad, hasta que un día no soportó más; salió de su casa, encontró a una mujer que la acercó al DIF y de ahí la trasladaron, junto a sus hijas, al refugio del Instituto Queretano de la Mujer (IQM).

«Ahí conocí muchas cosas que yo no sabía, que había sido violentada desde que éramos novios, fue cuando comencé a reconocer las cosas que él me decía, que él me hacía, ahí fue donde empecé a conocerme como persona. Gracias a ese lugar, que es maravilloso, nos enseñaron a ser fuertes, a conocernos como familia, a valorizar muchas cosas, independizarnos, saber que sí podemos, con muchas ganas de vivir y seguir adelante sí se puede, tengo tres hijas maravillosas, las amo muchísimo y son mi fuerza para seguir adelante».

En Querétaro, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) del 2011, la estadística más reciente y en la que se habla del panorama de violencia contra las mujeres, de las 289 mil mujeres casadas o unidas por más de 15 años, el 19.3 por ciento sufrió de violencia extrema que les ocasionó lesiones de por vida o secuelas físicas y psicológicas.

María, un caso de violencia emocional

María es originaria de Michoacán, llegó a Querétaro huyendo de una vida violenta: salió corriendo con sus hijos, tomó un camión y al llegar a la ciudad fue llevada al refugio. Con lágrimas en el rostro cuenta a Codicegrafía que, por más de 14 años, fue acusada de ser una mala madre; aunque nunca fue agredida físicamente, sus hijos sí lo fueron. A los cuatro meses de nacido, su primogénito fue agredido por su padre quien justificó el acto con el argumento de que ella quería más al bebé que a él, que lloraba mucho, que era un mal niño. Cuando nació su segundo hijo, a él también lo agredió.

«Me decía ‘tú tienes la culpa, por eso tus hijos son malos’, y siempre me culpaba de lo que él hacía, me decía ‘yo les pego por tu culpa’. Así fue mucho tiempo, y yo me culpaba por no ser una buena madre, porque no sabía corregir a mis hijos, y él siempre me culpaba de todo lo que les hacía a los niños. Me amenazaba, me decía ‘si los defiendes te va a ir peor que a ellos’, yo le decía ‘están chiquitos, no es para que les pegues así’», relata.

Cuando el hijo mayor tenía 7 años, un sobrino de su esposo violó a los dos niños, a uno de ellos le hizo una cortada en el cuello amenazándolo con que si decía algo lo matarían. María habló con su esposo, le pidió denunciar al sobrino por el daño causado a su hijo. Por el contrario, el padre de los niños los golpeó y los acusó de haber sido violados por ser malos hijos.

«Si denunciaba al sobrino y si hacía algo, él le iba a pegarle más a mis hijos; se lo llevó a Estados Unidos y desde allá me amenazaba. De ahí en adelante por todo les pegaba, luego los corría y me decía ‘si hablas, si los defiendes te va a ir peor que a ellos’; ejercía mucha violencia a través de mis hijos, no los quería. Sufrieron patadas, les pegaba con alambre, buscaba varas con espinas y yo quería defenderlos, pero él me aventaba. Mi miedo era no poder defenderlos», recuerda.

Tres años más tarde, el sujeto pedía encerrar a los menores, correrlos de la casa. Después descubrió que María escondía dinero y culpó a los hijos para pegarles. Por miedo, nunca respondió, hasta que llegó la amenaza de muerte; entonces se armó de valor, corrió a la escuela de sus hijos a buscarlos, se escondió en el cerro, tomó un camión y llegó a Querétaro.

La decisión llevó a María a una depresión muy fuerte, «mi mayor deseo era morir, yo ya no quería vivir con él, ni ver el daño que le hizo a mis hijos. Hubo un día en que quiso matarlos, decía ‘muertos los pinches perros se acaba la rabia’, él me decía ‘sí te quiero pero sin tus porquerías’, no quería a mis hijos, y me sentía mal porque no podía defenderlos. Fueron creciendo con miedo, hasta que decidió cargar una pistola y dijo ‘voy a esperar a que lleguen para matarlos’. Así fue como huí de mi casa», dice triste, con un tono de voz debilitado.

Hasta antes de llegar al refugio, María nunca dejó reprocharse y sentirse culpable, incluso a la fecha no se perdona haber permitido que quien fue su pareja sentimental agrediera sus hijos para violentarla a ella. No podía abrazar a sus hijos, ni podía decirles cuánto los ama. Ahora su vida ha cambiado y, a casi tres años de salir del refugio, los abrazos, los ‘te quiero’, y ‘te amo’, nunca faltan en su hogar. Juntos han salido adelante.

María fue objeto de violencia emocional. Ella es una de las 147 mil mujeres, 89.2 por ciento de las encuestadas en la ENDIREH, que sufrieron de violencia emocional, también forma parte del 2.8 por ciento de las mujeres que han sido amenazadas con un arma y de las 3.1 por ciento a quienes le han quitado dinero.

En Querétaro, el 19.3% de las mujeres sufre violencia extrema

Del 19.3 por ciento de mujeres que sufrieron de violencia extrema en la entidad, un 7.3 por ciento, como María, han pensado en quitarse la vida, de estas, el 35.3 por ciento lo intentaron.

Durante 2016 fueron atendidas alrededor de 150 mujeres, niñas y niños en este refugio, su tiempo de estancia, de acuerdo con el sistema de protección, es de tres meses aunque hay quienes requieren una estadía mayor, como Ana, que estuvo ocho meses y el seguimiento a su casos es de un año. Una vez que las mujeres salen de este, son incluidas en una red de apoyo donde se vela por su integridad física, psicológica y emocional, mediante la cual se les busca una vivienda digna y escuela para que sus hijos continúen sus estudios.

«Mientras están en el sistema viven en el refugio, no pueden hacer ninguna actividad. El criterio de ingreso al refugio es para mujeres que están en riesgo de violencia extrema, por su seguridad y el de sus hijos las ingresamos, resguardamos su identidad y la ubicación del refugio. Sólo salen para diligencias judiciales», explica Daniela Correa Ruiz, directora del IQM.

La principal causa por la que ingresa una mujer a este refugio es por violencia física extrema por parte de su pareja sentimental que ponga en riesgo su vida, sin embargo, las atendidas también sufren de violencia económica, patrimonial, psicológica y sexual. A todas las que ingresan se les ayuda inicialmente con la aplicación de medidas urgentes para obtener la custodia de los menores, además de que, por oficio, se inicia un procedimiento penal en contra de sus agresores. De ellas depende el inicio de un proceso familiar correspondientes al divorcio y la obtención de la patria potestad.

De acuerdo con estadísticas del refugio, del total de personas que egresan, el 75 por ciento no regresa con su agresor, mientras que el 25 por ciento restante lo hace o el instituto simplemente pierde contacto con ellas. Aunque María sí denunció a su agresor y la investigación inició en Michoacán, no quiso darle seguimiento para no volver a verlo; Ana también denunció, se divorció y su exesposo perdió la patria potestad y custodia de sus hijas.

Ahora los hijos de ambas sonríen y se preparan académicamente. Sus vivencias son sólo un mal recuerdo. Su vida se transformó cuando sus madres dijeron alto, cuando buscaron ayuda y conocieron todos los derechos a los que deben tener acceso.

Sí se puede vivir. Ese es el mensaje de María para todas las mujeres que en algún momento de su vida creyeron que morir era la única opción para resolver sus problemas. «Sí se puede porque yo he podido salir adelante, caí en una depresión muy fuerte y ahora vivo feliz, sí se puede salir adelante echándole ganas sacando la fuerza interna».

«Que tengan el valor de denunciar lo que están viviendo, no tengan miedo, simplemente que sea su voluntad seguir adelante para que no sigan viviendo lo que han vivido y que conozcan nuestros hijos que no pueden vivir con violencia. Que no tengan miedo, la vida no es solamente vivir atadas a una violencia», recomienda Ana, quien huyó de Amealco y se instaló en la capital con sus tres hijas para dejar atrás todo lo que hace algunos años vivieron.

Apoyo a mujeres en estado de vulnerabilidad

Del total de mujeres violentadas, solo 9.4 pide ayuda o denuncia. De estas, únicamente el 50.6 por ciento pide ayuda al DIF o al IQM, y sólo el 64.2 por ciento acude al Ministerio Público u otras autoridades. No obstante, el 90.6 por ciento no denuncia ni pide ayuda por diversos motivos: porque dicen fue algo sin importancia o porque él no va a cambiar; porque no sabían que podía denunciar;  porque no confía en las autoridades; por vergüenza, o para que su familia no se entere; por sus hijos, o porque la familia la convenció de no hacerlo; porque la pareja les dijo que iba a cambiar o porque piensan que tiene derecho a reprimirla; por miedo o por amenazas.

En Querétaro, 32 de cada 100 mujeres son violentadas, de estas, seis son víctimas también de sus familiares. En México, de las 24 millones 566 mil 381 mujeres encuestadas, 11 millones 18 mil 415, el 40 por ciento, sufrieron un episodio de maltrato o agresión; de estas, 27.3 por ciento fue agredida por su pareja, 22.6 por ciento en el ámbito laboral, 15.5 por ciento en la comunidad, 3.4 por ciento en la familia, y uno por ciento en la escuela.

Al respecto, el Inegi dice: «Para muchas mujeres el hogar es un lugar de dolor y humillación. La doble violencia sufrida por la mujer en el ámbito familia es ‘aceptada y justificada’ por la sociedad. Ser testigo o víctima de estos eventos violentos en la familia de origen es un elemento que facilita un futuro violento».

Total
0
Shares
Anterior
Para que la literatura exista, tiene que ser mentira

Para que la literatura exista, tiene que ser mentira

Guillermo Fadanelli y Amandititita conversaron ante el público del Hay Festival Querétaro sobre literatura, amistad y el empoderamiento a los autores poco reconocidos...

Siguiente
Las reliquias del muro

Las reliquias del muro

Un río pasa cerca, hay ciclovías, proliferan las mascotas.

Podría Interesarte